martes, 8 de mayo de 2012

"Prozac, Trankimazin y otros parques infantiles", de Eduardo Boix

   Este libro, de título tan curioso como original, se podría encuadrar dentro de la tradición, que va siendo ya no corta, de la poesía de la experiencia. Un tipo de poesía que no rehúsa de la dura y rastrera realidad, y que ha canonizado la expresión monda y lironda de lo que (nos) sucede. 
   Naturalismo "a tope" y una buena dosis de sinceridad y de autenticidad que aboga por la no sofisticación a la hora de mostrar una realidad, feliz o triste (casi siempre triste), pero palmaria. 
   El autor “gurú” de esta corriente responde al nombre de Bukowski, un americano sin pelos en la lengua y con algo de alcohol dentro del cuerpo. 
   En nuestro solar, la poesía de la experiencia ha tenido múltiples seguidores, desde el inapelable Roger Wolfe hasta el asturiano David González, citado en el texto comentado con ocasión de un excelente libro: “El demonio te coma las orejas”, que, por cierto, tuve el gusto de presentar hace años en Gijón. 
   Con todo, podría al lector poco avisado entender que se trata de una poesía desgarrada, que hace culto de una visión puramente transgresora de la existencia. Y, sin embargo, al menos en este poemario, opino que no es así. Detrás de la pared abrupta de sus versos, podemos vislumbrar la grandísima hondura que atesora, y una sensibilidad lacerada por una existencia difícil. 
   Boix no miente, abre su corazón y muestra lo que hay. No engaña a nadie ni pretende que pases un rato agradable leyendo sus versos. No es un autor, digamos, complaciente. Te está mostrando a las claras lo que es un hombre y lo que es una historia, y lo hace de un modo en absoluto pretencioso, sino más bien lleno de dolor, que es lo mismo que decir lleno de vida. Algunos también hemos sentido miedo al salir de la escuela y ver en la esquina los matones, hemos sentido la muerte cerca, o hemos visto a nuestra abuela, en feliz expresión del autor, “tomando té con ese viejo alemán llamado Alzheimer”. Por eso, el autor consigue urdir un rayo de inquietud pero también de futuro (un rayo no deja de ser rayo, luz, aunque duela) en las esquinas de nuestra dormilona conciencia. 
   En fin, que las letras de Elche se ensanchan con un nuevo libro de poemas, ejemplar por su sinceridad, su humanidad y su consistencia literaria. Felicitémonos por ello: gracias a Eduardo y algún otro, la crisis no ha podido con nosotros.

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